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11 De Mayo del 2006

Inmigración

Coyotes, la migra y yo
Residentes de Sonoma cuentan sus historias tras cruzar la frontera ilegalmente

Norma foto

Ray Sikorsky
Foto: Trevor Meeks

Norma Martínez Ramírez
Comerciante
Norma Martínez Ramírez tenía 17 años cuando su ahora esposo, Felipe le pidió cruzar la frontera a Estados Unidos, donde él ya era un residente legal.
“Era muy difícil para nosotros obtener un pasaporte en México, por lo cual él me dijo que teníamos que cruzar la línea como todos los demás -comenta Ramírez- La primera vez no fue una mala experiencia, para ser honesta. No es como hoy. No era tan difícil.”

Ella viajó de su pueblo El Grullo, en el estado de Jalisco, hacia la frontera con Nogales, donde Felipe había pagado $50 a un “coyote” para que le ayudara a pasar la línea:

“El coyote era un niño; tenía como 15 años. Era 1990. Bueno yo no sabía nada acerca de los coyotes, por eso no sabía ni qué esperar, de cualquier manera no fue tan difícil. Nos escondimos de los oficiales de inmigración, como a diez pies de la oficina de la frontera. Yo pienso que realmente.... no quiero decir que fui suertuda porque no creo en la suerte, pero no sé. Pasó. Tenía que pasar.”
Ramírez llegó a Sonoma, donde Felipe trabajaba elaborando queso. Él había venido del mismo pueblo en México diez años atrás, había obtenido la residencia legal a través de un matrimonio anterior con una ciudadana estadounidense. Después de dos años en Sonoma, tiempo en el cual Ramírez se casó con Felipe y tuvieron su primer niño, ella regreso a México a visitar a su familia. Luego de dos semanas en El Grullo, Ramírez estaba lista para regresar, esta vez con su hermana Cecilia, de 16 años.

Felipe se había arreglado con un coyote en Tijuana, para introducir a Norma y a Cecilia por $3000, un aumento muy notorio comparado a la primera vez que vino Norma. Lamentablemente esta vez no fue todo como esperaban:
“Ese día fue realmente, una mala experiencia. En serio, y fue la última vez que fui a México sin papeles.”

Las hermanas oyeron por casualidad al “coyote” cuando trataba de ofrecérselas a otro “coyote”, lo cual para ellas era una mala idea, ir con alguien en quien no confías. Las dos muchachas corrieron, y tomaron una decisión muy atrevida de cruzar por sí solas la frontera.

“¿Olvídate de los coyotes. Ellos nos vendieron y qué podíamos esperar de ellos? Tu sabes... Era mucho riesgo.”

Después de pasar la noche en un barranco cerca de una playa, las hermanas caminaron a lo largo de las montañas.

“Nuestras piernas estaban muy cansadas, sangraban a consecuencias de las ramas que estábamos brincando,” comentó Ramírez. agregando que tenían que quitarse constantemente las sanguijuelas de sus piernas.
Cuando las hermanas finalmente llegaron a la frontera, cansadas emocional y físicamente, se sorprendieron de la humanidad de los agentes fronterizos que las encontraron:

“Ellos nos dejaron ir. Nos permitieron cruzar. Les dijimos lo que nos había ocurrido y también que no teníamos familia. Ellos sabían que no veníamos a robar nada a nadie, y sabían que sólo queríamos trabajar. Pudieron llevarnos a la cárcel. Pero no lo hicieron.”

Siguieron adelante, conocieron a una pareja de chicanos que los llevaron hasta su casa:

“Yo recuerdo que tan pronto llegamos a su casa y tocamos el sofá,mii hermana y yo nos quedamos dormidas.”

La pareja de chicanos hizo algunas llamadas a Sonoma y después a Tijuana, donde Felipe todavía se encontraba, después él vino a la casa de estas personas y se llevó a las hermanas hasta Sonoma.
“Era un milagro. En serio” exclamó Ramírez.

En Sonoma , Ramírez trabajó haciendo almuerzos en un viñedo y limpiando casas. Un gran cambio pues en México estaba comenzando a estudiar medicina y trabajaba en una facilidad de cuidado.

“En México mis padres viven muy bien,” dijo ella. “Nosotros viajábamos mucho, mi padre tiene tres carreras, y cuando yo me moví aquí yo no tenía ninguna. En México yo podía comer de todo, yo podía comprar cualquier cosa y fue muy difícil para mi estar aquí, estar comiendo, trabajando, y estar viviendo, ¿Cuál era la diferencia?

Ella explicó que a principios de 1990 en Sonoma había sólo algunos Hispanos y no había tanta preocupación por la deportación:

“Pero ahora las cosas son diferentes se está volviendo más difícil día a día.”
Los pensamientos de Norma en obtener la residencia legal empezaron a surgir cuando su esposo llevó a sus hijos, los cuales todos son nacidos en los Estados Unidos, y los llevó a México, lamentablemente ella tuvo que quedarse por su estatus migratorio:

“Fue ahí cuando empecé a pensar en obtener mis documentos. Entonces le dije a mi esposo ¿Sabes qué? Creo que ya es tiempo. Al poco tiempo me convertí en una persona legal.”

Ramírez solicitó la residencia legal en 1997, pero no fue hasta que Felipe, quien se convirtió en ciudadano americano en el 2003, que pudo arreglar su situación.

Ahora Ramírez, es dueña de Norma’s Love y Joy Residential Care Facility y va camino a la ciudadanía. Esta madre de cuatro hijos espera obtener la ciudadanía en octubre; ahora está tratando de traer a sus 13 hermanos y hermanas a Sonoma legalmente:

“Dos de mis hermanos están aquí, al igual que nueve de mis hermanas. Yo ayudé a traerlos a todos, les ayudé a obtener su visa. Y cuando yo me convierta en una ciudadana voy a pedir que ellos se vuelvan legales también.”
Ramírez dijo estar preocupada de los cambios en la actitud de los americanos hacia los inmigrantes:

“Yo creo que ellos se sienten inseguros acerca de la comunidad, y no entiendo porque nosotros no vinimos a robar el dinero de nadie. Porque si recuerdo bien, ¡yo no veo a la gente estadounidense trabajando en los campos, tu sabes?! Nosotros estamos aquí para trabajar duro, para ayudar a nuestra familia. Estamos aquí porque California da muchas oportunidades. Queremos darles a nuestros hijos una mejor vida.” “La gente está tomando muchos riesgos, muchos niños están muriendo, mujeres embarazadas mueren en la frontera y es muy duro, en verdad es trágico. Duele más porque yo ya estoy aquí y más por que soy humana. Me gustaría tener el poder para ayudar a todos.”

Roberto Sánchez

Trabajador de construcción y restaurante
Para el tiempo que Roberto Sánchez (éste es un nombre ficticio) tenía 16 años, ya había cruzado la frontera dos veces.

Cuando tenía seis años de edad, sus padres, sus dos hermanos y tres hemanas cruzaron por las montañas de Tijuana. La familia llegó a Sonoma, donde Sánchez asistió a la escuela Flowery School. Después Sánchez y sus padres regresaron a México cuando él tenía 10 años, porque su familia, con un total de doce hijos, no podía vivir en Sonoma.

A la edad de 12 años, Sánchez cruzó la frontera de nueva cuenta, esta vez caminado por la línea en Tijuana, usando una acta de nacimiento de un primo suyo. El asistió al quinto grado en la escuela Flowery, y al sexto grado en Altamira Middle School, de donde sus padres lo sacaron a la mitad del año escolar para regresar a México:

“Mis padres nunca me dijeron por qué hicieron éso, eso de estar de allá para acá. Luego más tarde, de nuevo decidimos regresar.”
Los Sánchez vivían en una remota área del estado de Jalisco; el padre de Roberto era dueño de dos autobuses privados que transitaban por rutas muy exitosas. Al final del grado 11, Sánchez decidió moverse a Tijuana y trabajar como agente de ventas. Allá vivió con su cuñado:

“En un año, yo logré ganar $1,700. No pagaba renta. Todo lo que hacia era ahorrar dinero, con el cual pude pagar un coyote para que me ayudara a cruzar la frontera.”

La mayor motivación de Sánchez era estar con su familia. Algunas de sus hermanas que habían nacido en los Estados Unidos podían ir y venir libremente, sus padres una vez más se habían movido a Sonoma. Sánchez había ahorrado su dinero, y con algo que sus padres y hermanos le dieron pudo juntar $1,800 para un coyote.

De nuevo intentó cruzar la frontera con un certificado de nacimiento de otra persona, para mala suerte el coyote le dio la de su hijo de 21 años, y el agente de la frontera al verlo tan jovencito sospechó que algo ocurría y lo interrogó.
Sánchez, nervioso contestó que él estaba cruzando la frontera simplemente para ir al McDonalds. Y fue así que lo atrapó ‘la migra’.

El agente llevó a Sánchez a un cuarto de interrogatorio, pero como él era menor de edad no fue esposado como otros. Después de una hora lo dejaron libre.

Sánchez tomó un autobús, tomo una siesta, y encontró otro coyote el mismo día. Como el primer intento había fallado, había conseguido guardar sus $1,800.

En el segundo intento, Sánchez viajó una hora del este de Tijuana a Tecate, donde él y otros 11 hombres caminaron tres horas por las secas montañas:
“Había una cerca de madera que brincamos.”

El grupo eventualmente llegó a la autopista. Una camioneta se detuvo en la orilla y tocó la bocina. De inmediato los doce se subieron:

“Unos encima de otros fuimos tapados con una sábana azul. La posición que tuvimos al entrar la camioneta fue la misma que tuvimos que mantener por una hora.”

El vehículo llevó a los pasajeros a una bodega de un edificio en San Diego donde se encontraban otras 50 personas esperando ser llevados a Los Angeles.
Sánchez no había tomado agua desde que se encontraba en México:
“Yo no sabía que estaba deshidratado,” dijo describiendo los días que pasó en el edificio. “Tan pronto comí algo, empecé a vomitar todo. Entonces bebí agua los siguientes días.”

Después de dos días una camioneta “van” los llevó a él y a otros más hasta Los Angeles. No había tenido contacto con su familia para nada; nadie sabía que él estaba intentando cruzar la frontera. El entonces, estableció contacto con una de sus hermanas que vivía en Los Angeles:

“Mi hermana se soltó en llanto cuando le dije que estaba aquí. Dos horas después me había ido a recoger. No podía creer que yo estaba acá, porque fue la primera cosa que me dijo que no hiciera.”

Después de un mes de vivir con su hermana, los dos vinieron a Sonoma. Aunque sus padres no estaban contentos de los métodos que usaron para llegar a los Estados Unidos, de cualquier manera estaban felices de ver a su hijo otra vez.

Y a pesar de dejar su hogar, sus mejores amigos y su novia en México, Sánchez expresó “el estar con mi familia aquí me hizo sentir mejor”
Se inscribió en el décimo grado de la escuela Preparatoria del Valle de Sonoma, y comenzó a trabajar de lavaplatos en un restaurante de Boyes Hot Springs. Después de cuatro meses cambió de puesto a ‘preparador de ensaladas’. No pasó mucho para que Sánchez subiera de puesto, esta vez a ‘limpia mesa’.
“Ser limpia mesas para mí, en ese tiempo, resultaba realmente, bueno.”
No hablaba bien inglés, pero sus habilidades en este lenguaje, mejoraron cuando comenzó a salir con una muchacha americana, habilidades que lo ayudaron a llegar a un mejor trabajo de negocios en un lujoso restaurante de la ciudad de Sonoma. Después de graduarse de high school, encontró otro trabajo de tiempo completo como trabajador de construcción. Finalmente pudo comprar un vehículo, aunque su estatus migratorio le ha impedido obtener su licencia de conducir:

“Yo manejo todo el tiempo sin licencia; nunca he sido detenido. Tengo seguro de auto, pago mis impuestos, hago todo correctamente. Y me siento un poco mal porque hago lo mismo que cualquier ciudadano, pero no tengo los mismo derechos.”

Sánchez dijo que quería regresar a visitar al resto de su familia en México, un sentimiento que creció cuando su abuela murió en enero:
“La noticia de mi abuela fue realmente dura. Tenía muchas ganas de verla, pero no pude ir.”

Dice que se siente en casa en Sonoma y piensa permanecer aquí:
“Yo estoy seguro que en México no voy a poder tener lo que tengo aquí, un trabajo decente y bien pagado,” comentó, agregando que actualmente está invirtiendo en la compra de una casa con unos familiares:
“Esa es una razón por la cual trabajo tan duro.”

Dice que siente que él y su familia están bien en su manera de alcanzar el sueño americano:

“Todavía tengo una cosa que lograr, un diploma profesional.”
Comentó que quiere obtener un diploma en electrónica.

Puesto que sus hermanas nacieron en América y son ciudadanas, ellas están tratando de ayudar a sus padres a obtener su estatus legal; alternadamente que sus padres están ayudando a Sánchez, él espera obtener la residencia legal en cinco años. Cuando eso pase, él espera ir a México a tomar unas largas vacaciones, entonces regresar a Sonoma y comenzar una familia.
En vista de la reciente legislación pendiente en el Congreso, Sánchez espera que el gobierno sea tolerante con la gente que es productiva y que nunca ha tenido algún tipo de problema:

“Si estoy aquí, y no me pienso ir ¿ Porqué no me dan los mismo privilegios que un ciudadano tiene?.”

Adriana Díaz
Estudiante Universitaria
Adriana Díaz (decidimos cambiar su nombre) recuerda el día claramente, 23 de octubre de 1995.

Fue cuando, a la edad de 11 años viajó con su familia a través de la frontera. Sus padres les habían dicho que iban de vacaciones a Disneylandia:
“No había Disneylandia en México, entonces ir a este parque era una cosa grande. No sabía realmente que íbamos a permanecer aquí.”

Su familia viajó desde la ciudad de México hasta Tijuana, donde se hospedaron.
“Yo recuerdo esa noche. No dormí para nada. Mi madre estaba muy nerviosa. Mis padres recibieron una llamada a las 5:00 a.m., la cual decía ‘vamos a llevarnos a tus niños primero y después a ustedes’.”

La mamá de Díaz se resistía a la idea de separarse de su familia por cruzar ilegalmente a los Estados Unidos. Pero sabía que ésa era la manera en que los coyotes operaban.

A las 6:30 a.m. una mujer llegó y tomó a los niños. La familia estaba despierta y nerviosa. La madre de Díaz hizo un rezo, y marcó una cruz en la frente de sus hijos. Todo estaban llorando:

“Recuerdo que era la primera vez que mi madre nos daba la bendición.” La mujer tomó a los tres niños en su carro, en el cual había libros y crayones en el asiento trasero. La mujer, presentándose como la madre de los niños, trataba de enseñar a Díaz ciertas palabras en inglés para contestar algunas preguntas de los agentes fronterizos”

“Nunca había escuchado el inglés verdadero,” comentó Díaz. “No tenía ni idea de lo que estaba diciendo.”

El camino del hotel al borde o frontera sólo tomó unos minutos. Los papeles se entregaron, el agente miró a Díaz pero no dijo nada. Les permitieron pasar:
“Esa parte fue un alivio, pero yo tenía miedo porque no sabía que pasaría después.”

Manejaron hasta el McDonald’s por comida, y cambiaron de carro con otra mujer. Los niños fueron llevados a una casa en San Diego, donde esperaron tres horas hasta que sus padres llegaran:

“Nunca estuve tan feliz de ver a mis padres. Cuando los vi, corrí hacia el carro.”
La familia una vez reunida viajó a otro apartamento para pasar la noche, este era un lugar terrible, con cucarachas y carne en descomposición, la madre de Díaz insistió que su familia fuera llevada directamente al aeropuerto y tomara un vuelo a San Francisco.

Después de un arreglo la familia fue llevada al aeropuerto de Los Angeles, donde abordaría un avión hacia San Francisco, llegando a las 2:00 a.m. Cuatro horas más temprano de lo acordado:

“Nosotros teníamos dinero, pero era mexicano, no servía de nada. No podíamos hacer ni siquiera una llamada telefónica.”

Una simpática familia mexicana le dio a la familia de Díaz la oportunidad de usar el teléfono para llamar a algunos miembros de su familia en Sonoma. Cuando caras familiares finalmente llegaron, Díaz se sentía llena de alivio:
“Yo me sentía segura. Vamos a divertirnos. Yo seguía pensando que estábamos de vacaciones.”

Llegaron a Sonoma el jueves, y Díaz por fin pudo a ver al resto de la familia que no había visto por años, al igual que nuevos niños de la familia:
“La primera cosa que hicimos fue ir de compras. La ropa que traíamos era la misma usada cuando cruzamos para acá. Yo recuerdo haber observado todo en Sonoma. Nunca había visto tantos arboles, ni tanto verde.” Agregó que nunca había visto ardillas y las descubrió en la Plaza de Sonoma.

La familia de Díaz compartió una casa con sus familiares, un lugar muy pequeño, en el cual cinco niños tenían que compartir una cama y dos pares de padres durmiendo a cada lado en el piso.

El martes después de que llegaron, la madre de Díaz le informó que ella iría a la escuela. Aunque Díaz seguía creyendo que estaba en vacaciones, ella a regañadientes aceptó la idea de ir a la escuela, pero leer Inglés no estaba al principio de su lista de prioridades.

“Pero si yo voy a regresar a México ¿Para qué me va a servir aprender esta lengua?”

Después de un mes de vivir en Sonoma, la madre de Díaz le dio una forma para traducir, la planilla era un contrato de alquiler lo cual hizo pensar a Díaz que su regreso a casa no iba ser muy pronto. Las vacaciones habían terminado:
“Estaba trastornada. Realmente deseaba regresar a casa. Me sentía atrapada aquí.”

Explica que su familia en Sonoma parecía pequeña comparada a la que había dejado en México. Sentí que había dejado gran parte de mí allá.”
El tema de regresar a México había sido algo que causaba roces en su familia. Su padre había dejado un buen trabajo en computación y electricidad en un hospital de México, y seguido expresaba el deseo de regresar a allá:
“Mis padres decían que querían una mejor educación, querían que nosotros tuviéramos una mejor vida. Estaban seguros de que no podíamos lograr éso en México, por ello nos vinimos para acá.”

Díaz nos confesó que a pesar de extrañar mucho su hogar, que nunca ha vuelto a ver, ella está agradecida de que su padres tomaron la decisión de venirse a los Estados Unidos. Actualmente ella es la primera de su familia en asistir a un colegio universitario.

“No iría a la universidad como lo hago aquí. Nunca hubiera aprendido dos lenguas. No hubiera podido hacer muchas cosas que hago aquí, si me hubiera quedado en México.”

La joven de 21 años ya está casada con un ciudadano americano, y está en proceso de obtener su residencia legal:

“Tan pronto y obtenga mis papeles, definitivamente voy a ir a mi país.”
Su abuela le envió un videotape desde México de la casa donde ella creció; algunos de los juguetes con los que Díaz jugaba cuando era niña:
“Muchas cosas hermosas pasaron allá. Me duele el no haber estado, es como haber dejado mi niñez en México. Pues tuve que crecer muy rápido cuando llegue aquí.”

Díaz dice que su madre le pide dejar ir el pasado:
“Pero es muy difícil dejar ir mi niñez y todas las cosas que tu usualmente hacías,” Díaz dice, agregando que su madre le acaba de anunciar que la casa donde vivió de niña sería vendida:

“Yo entiendo que la quieran vender,” comentaba mientras empezaba a llorar. Sin embargo le dijo a su madre que se la compraría:”Se las compraré, no la vendan todavía.”