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16 De Noviembre del 2006

bajo la lupa

Bomberos a la orden del día

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Descubre el arduo trabajo que representa llevar un traje de bombero


Ryan Lely
El Sol de Sonoma

Ryan Lely, fotógrafo de El Sol de Sonoma y además residente del Valle, pasó 24 horas fotografiando a los bomberos mientras ellos hacían su trabajo. Estas fueron sus impresiones:

La alarma se enciende, las luces también, una voz no tan distante prosigue a la llamada, “Motor 3381 responda a un asalto en la calle ‘First Street West.’” Yo tomé mi cámara, mi cuaderno y bajé las escaleras hacia el camión de bomberos. Esta era la segunda llamada de la noche y para esta hora ya había aprendido a dormir con mi ropa.
“Tenemos que estar en el camión y en camino en dos minutos,” me dijo el Capitán Jeff Paganini, un veterano de 30 años del Departamento de Bomberos del Valle de Sonoma (SVFD). “Después de tres minutos, un incendio dobla su tamaño cada minuto,” según el capitán.
Estuve trabajando 24 horas con el turno A del SVFD. Lo que inicialmente creí sería un día lleno de acción, aventura y posible inhalación de humo, a final de cuentas, resultó ser un día de heroísmo tranquilo y de compañerismo, no obstante uno en el que las rutinas diarias podrían ser puntuadas en cualquier momento con una llamada para salvar la vida de alguien.

La realidad de esa noche en particular, no era especialmente dramática. La mayoría de las llamadas recibidas, involucraban “asistencias médicas,” en las cuáles lo único que ardía, era el deseo de ayudar. Nuestra primer llamada de la noche entró a las 9:05 p.m. y nos llevó al hogar de una señora de 84 años que vivía sola, y llamó al 9-1-1 debido a un dolor abdominal creado por su pancreatitis. La llamada fue atendida por Gary Johnsosn y Kyle Lely (pariente mío) de la estación uno y Bryan Cyr y John Greenslade de la estación tres.
Siguiendo nuestro recorrido hacia la casa, los hombres estaban ya trabajando cuando yo entré. Hacían preguntas a la paciente como, “¿Sabe qué día es hoy?” para poner a prueba su cognición, seguido por preguntas calificadas como, “¿En una escala del uno al diez, cómo califica su dolor?”
“Ocho,” respondió ella. Con tiempo de extrema importancia en esta línea de trabajo, Johnson comenzó a preparar la ambulancia por lo que él sabía Lely tendría que tratarla camino al hospital: bolsa de I.V., monitor del corazón, oxígeno. La meta era “hacer cosas que tomarían mucho tiempo de hacer en el hospital,” explicó él.

La fragilidad de la mujer parecía estar en manos de estos fuertes hombres con el propósito de calmar su dolor. Momentos heroicos muchas veces son pequeños, como cuando Cyr, después de darse cuenta que la paciente hacía un esfuerzo concertado para alcanzar las llaves de su casa, le preguntó “¿Le gustaría que cierre su casa con llave cuando nos vayamos?”
La paciente respondió que sí, e hizo un comentario sobre las luces que permanecían encendidas en su casa.

“No se preocupe señora. Yo las pago por usted,” Cyr le aseguró. Con las luces de la casa apagadas, la puerta bajo llave, y nuestra paciente enferma en el viaje, Johnson llamó en la última partida mientras salíamos de la calzada, “Control cuatro, 301 transportando al hospital.”
Un turno de 48 horas comienza a las 7:30 a.m. Al cambio de turno, el equipo que se va actualiza al nuevo turno sobre las llamadas ocurridas durante la noche, el status del equipo, y de las cosas que necesitan re-almacenar en la ambulancia. A las 8 a.m., el equipo comienza a revisar el equipo, el aceite, las luces, y las bombas, lo que necesitan volver a surtir. La hora de las 9 a las 10 es devota al entrenamiento físico. A las 10 a.m. todos están en el piso comenzando su entrenamiento de especialidad, el cual varía diariamente, pero sigue las pautas organizacionales establecidas. Las tardes son dedicadas a la continuación del entrenamiento con bomberos aprueba -llamados “Probies” - a quienes se les requiere realizar y dominar ciertas tareas cada mes.
Los cuartos en la estación también reciben su pizca de atención. Cada día de la semana tienen una tarea asignada. “Tenemos 5 chicos aquí 365 días al año, necesitamos darle mantenimiento a la estación,” dijo Paganini, después de que comenté lo limpios que estaban los cuartos. “Ellos serían buenas esposas. Ellos cocinan y limpian.”

Cuando se acercaba la noche, el equipo se preparaba para la cena. Aparte de limpiar las regaderas, esta era la parte más normal del día. ¿Pero que tan normal podría ser realmente, cuando en cualquier momento, nos podrían llamar para correr a un edificio en llamas?
La conversación se convirtió en cena, con algunas sugerencias con mucho sabor. La comida: Filetes. Todas las comidas se pagan con dinero de su propia bolsa. Después de regresar de nuestro viaje a la tienda de abarrotes, en un camión de bomberos, el ingeniero del fuego Ben Gulson preparó nuestra cena de filetes, broccoli, y papas, mientras los demás navegaban por internet para ver máquinas de fuego, comentando cuales querían, como niños haciendo su lista de navidad.

En la cena estuvimos acompañados de Brad Gross, un bombero voluntario quien trabaja un turno de 12 horas los fines de semana. Como una gran familia de hermanos, las competencias cómicas no podían faltar. Los hombres resolvieron este conflicto jugando un juego de dados llamado “1,4,24,” son reglas muy difíciles de explicar, excepto decir que el perdedor lava los platos. Mejor para apagar fuegos que para tirar los dados, al capitán Paganini le tocó la limpieza. Aunque muy contento dejaría la esponja, se pondría su traje y arriesgaría su vida en medio de las llamas, el capitán parecía contento abriendo el agua de un grifo, en lugar de la de una manguera para apagar el fuego.
Obviamente, ocuparse de sus chicos es tan importante como ocuparse del resto de nosotros.