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Comunidad
La filípica bisemanal
Zonas lingüísticas de hispanoamérica. Características unificantes del español
Carlos Lamas Babbini
Especial para El Sol
El español es la tercera lengua más ha-blada del mundo y la segunda (aproxi-madamente 35 a 40 millones de perso-nas) en los Estados Unidos de Norte-america. Se habla en zonas muy distan-tes entre si y culturalmente diversas; a pesar de ello, existe uniformidad en el nivel culto del idioma, lo que permite a las gentes que hablamos el español, en-tendernos con relativa facilidad. Diferen-cias notables ocurren en el uso de ciertas voces y sobre todo, en la entonación, la que es fruto de la influencia de idiomas indígenas y de los diversos dialectos traídos por los colonizadores que arriva-ron a diversas partes de iberoamérica.
Algunos autores identifican cinco zonas lingüïsticas: 1) México y sur de los Estados Unidos, 2) Caribe, 3) zona andina, 4) zona rioplatense y 5) zona chilena. Otros, más estrictos, identifican hasta veintiún zonas. A las zonas ante-riores habría que añadir las variaciones peninsulares. Cuántas zonas existen es de poca importancia, mientras sepamos conservar la cualidad unificadora del castellano.
No está demás, sin embargo, familiari-zarse con las diferencias léxicas más saltantes. Muchos hemos experimentado situaciones graciosas, generalmente ino-cuas y a veces embarazosas, conversan-do con hablantes de variedades idiomá-ticas diferentes a la propia; autobús, guagua, micro, buseta, colectivo o ca-mión denotan lo mismo, según se en-cuentre uno en España, Cuba, Chile, Colombia, Argentina o México; cazado-ra, chamarra, chompa, chaqueta o casa-ca son usados en España, México,
Colombia, Venezuela o Perú; manta, cobija, frazada, cobertor o frisa corres-ponden a España, Honduras, Bolivia, México o República Dominicana. El betún se usa en México para decorar pasteles (¿o tortas?) de cumpleaños, en el Perú para dar lustre a los zapatos (¿o al calzado?)
Curiosidades lingüísticas ocurren tam-bién a través del Atlántico: la palabra gis, de origen latino antiguo, es usada en México y virtualmente desconocida en España, donde se usa tiza, palabra de origen nahua (México) que nadie usa en México.
Las reglas de ortografía y las normas lingüísticas aseguran la uniformidad del idioma. Es saludable que el lenguaje evolucione y acepte influencias externas, así, el árabe ibérico enriqueció al espa-ñol temprano, el francés posteriormente y más recientemente el inglés nos pres-tan términos que suplen las deficiencias expresivas del castellano.
El hispanohablante debe mantenerse en guardia, sin embargo, frente al uso exa-gerado de términos acuñados por conve-niencia o ignorancia. El “espanglish” puede ser “cute”, divertido, pero detrae del poder unificador del español. Térmi-nos como “troca”, “yarda” o “dampe”, con equivalentes en español perfecta-mente establecidos, son de naturaleza excluyente; dividen, no unen.
Cadenas de radio y televisión en espa-ñol, así como medios escritos, tienen la obligación de mantener la calidad del i-dioma; su alcance es multimillonario.
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