Kate Williams
El Sol de Sonoma
Sin nuestra habilidad única de emplear amnesia selectivamente, nosotros - como especie - podemos tropezar, caer, y ser aplastados por el peso de muchas cosas tristes y malas que suceden sobre el curso de la vida. Nosotros somos criaturas resistentes, capaces de sobresalir y de continuar a pesar de horribles divorcios, perdidas de amistades, angustias, corazones rotos. Desde nuestra niñez, estamos programados para perdonar y olvidar, y nos hemos hecho buenos en lograrlo. Miren como hemos pasado rápida y colectivamente tragedias como Columbine, el franco tirador de DC, hasta el 9/11. Casi tan duro, si no está en primera plana, o en las noticias, en algún nivel, deja de ser real. Pero algunos rencores deben ser recordados, consolidados y atendidos hasta que produzcan algo de fruto. Ciertos crímenes no tienen vida útil, no tienen “fecha de caducidad.” Algunas cosas son simplemente inolvidables. Tomen al Padre Ochoa por ejemplo. En su posición de autoridad, como boquilla santificada de la Iglesia Católica de St. Francis Solano, se las arregló para volar bajo el radar por un buen tiempo, aunque hubiera evidencia de impropiedad desde el principio. El hirió a sus feligreses hispano hablantes, bajo una vestimenta de sacerdote, escuchando sus confesiones, bendiciendo sus bodas y bautizos, mientras les echaba un ojo a sus hijos. Su fluyente español, y sus auténticos lazos en la comunidad se infiltraron fácilmente en la comunidad latina: se convirtió en su confesor, su sabio consejero, su propio hombre sagrado. A pesar del chisme que lo siguió de parroquia en parroquia, para los creyentes que confiaron en él, sus motivos se asumieron como puros. Aún cuando trajo a un niño de vacaciones y lo instaló en su casa de Santa Rosa. Aún cuando se detuvo en la casa de un feligrés y forzadamente se llevó a su pequeño hijo. Aún cuando los cuchicheos se tornaron en gritos, los motivos del Padre Ochoa no fueron disputados. Eso es, después de todo, la naturaleza de la fe.
Hace un año, con la soga que él mismo se puso alrededor de su cuello finalmente comenzó a atarse, el Padre Ochoa llenó su pequeño carro con lo que pudo y desapareció en una preciosa mañana de verano. Sin mirar atrás, abandonó su apartamento, su poste y a la gente que prometió servir, y se desvaneció. Después la historia realmente creció. Primero vino la culpa débil de la jerarquía de la iglesia, hombres con trajes pesados detrás de puertas cerradas, cuidadosos en alinear sus historias. Después un memo secreto, invitando a los feligreses a reservar su juicio, para mantener la fe, para perdonar la ingenuidad del obispo. La historia consiguió llegar hasta los encabezados; se convirtió en la conversación de reuniones. Mientras el verano se hacía largo y caluroso, también crecía la indignación de católicos locales que se preguntaban: ¿cómo es que no nos dimos cuenta? ¿y ahora qué hacemos? Mientras el Padre Ochoa disfrutaba del calor de su amado México, un temor enfermizo se asentaba en nuestra comunidad. Los hechos emergían lentamente, goteando de la diócesis poco a poco. Diez cargos por felonías. Un almacén lleno de pornografía y de drogas ilegales. Un desfile de pequeños lastimados, inocentes condenados a vivir con daños de primera mano por las acciones depravadas de un sacerdote. Y después, un nada repentino.
No más encabezados. No memos. No justicia, no Padre Ochoa. Solo silencio, profundo y aún como una noche de verano. Excepto en las casas de las víctimas. Ahí, los niños luchaban contra las horribles pesadillas, y los preocupados padres se dieron prisa en responder sus temidos llantos por la noche. En las casas de sus víctimas, la paz permanece elusiva, sacrificada en los santuarios más seguros, involuntariamente dada a un hombre amigable con collarín blanco y con una pronta sonrisa. Es por todos esos niños que debemos forzarnos a recordar al Padre Xavier Ochoa, desaparecido por un año ya. Debemos rehusarnos a la salve de amnesia y concordar con recordar colectivamente que una vez un hombre muy malo se ocultó en plena vista. Feliz aniversario, Padre, lo recordamos muy bien.
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